Asomada al invierno

Asomada al invierno
Autor:
Género: Novela
Editorial: Espasa
Año de publicación: 2001
ISBN: 8423926273

Ambientada en Galicia, es un paso más en la misteriosa cartografía de un mundo narrativo alimentado de misterio y leyenda, en el que la imaginación se proyecta con todo su poder arrollador. La tradición gallega, su mundo cotidiano, su magia, construyen la manera de entender la vida en la que los sueños y los deseos adquieren la misma consistencia que los hechos de todos los días.

Un mundo de poesía, soledad y fascinación.

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— Vengo a buscarte —me dijo.

Y le miré hasta el fondo de los ojos y de la vida que nos quedaba.

La vida, que seguía sin abandonarme, me estaba permitiendo entender que las horas
habían dejado de caer con precipitación, confundiéndose. Habitaban ahora el lugar
necesitado, contra el frío. Y estaban ganando los días de su mejor carrera. Haciendo
de este momento amor al fin consentido.
Tomaría, como una medicina redonda y rosa, mi memoria. Y recuperaría mi nombre.
Ya nada extraño en mi existencia y en mis dudas, porque la presencia de él cancelaba
lo engañoso o enmarañado, lo inconforme. El pasado que me flotaba dentro,
dubitativo, se acomodaba como un fondo de paisaje. Y una sonrisa muy junta estaba
apareciendo.
— Vengo a buscarte.
Susurré su nombre (susurraba).
Estaba entendiendo aquella presencia que me concedía una lucidez melancólica (aún
melancólica). Su nombre, su mirada tan junta como la sonrisa, sus manos tendidas.
Y su cabeza canosa, rendida, buscando mi mirada. Algo, como un temblor conmovido,
bajándole por el rostro.
— Vengo a buscarte.
Lo repetía para que yo lo creyese. El amor sabido que había permanecido escondido en
la espalda del tiempo estaba en sus manos. Ningún miedo ya a tomarlo.
Lo miré intensa. Como se mira a un ser que nos confirma.
Detenida, susurraba su nombre (susurraba).
Y di los pasos necesarios hasta él, hasta sentirlo en mí.
* * *

Pasé al nacimiento para aparecer en la casa, para llegar a conocer a aquellas personas que deambulaban en los días diciendo mi nombre aunque yo aún no estaba. Gela Souto Veiga, iba a ser. Y mi padre, que en tal fecha navegaba por alta mar, exigió conocer de forma inmediata mi llegada, para hacer sonar la sirena del barco y que el mundo y el mar supieran que su hija ya estaba en casa y en la vida. Deseaba regar con buen vino la fecha riendo la ocurrencia de esta llegada. Una criatura más en aquel mundo más abundante de meigas y demos que de dioses. Más de vencidos que de destinos iluminados. Mundo en barco, flotando entre mares de perversidades y algunas bondades, según Nicéforo, Nice, navegante de luces y tinieblas. Contaba Nice que Dios, en horas claras, escuchaba. Sabía escuchar entre olas y en tierra firme. Infalible Dios incluso en tempestades. Creía Nice que, siendo tan infalible, fácil le era precisar realidades sin el peso de una conciencia terrenal y del miedo humano. Tenía que resultar cómodo, aun en lo más intrincado, saberse tan verdadero. Y por toda una eternidad.

Nacida un dos de marzo en un Finisterre arrasado por el paisaje de una niebla tupida, atascada como el paso de un recién nacido desde la matriz. El faro exhalando sonidos de alerta que, en aquella fecha, podían ser aviso para mi cuerpo diminuto y mi alma, que apenas respiraba aire del mundo. Fue un nacimiento inocente. Nada indicaba lo prohibido de la vida. Salía a la luz desde el asombro de estar llegando a otra parte. Ciega aún, ya en el aire quieto de la habitación con muebles de cien años atrás y un olor a leña que llegaba de la cocina. Alrededor, paredes que daban al resto del mundo, a una Galicia que contaba los días del calendario con el fervor de la lluvia.